La mayoría de los emprendimientos fracasan por no estar preparados para una crisis. Ven tan solemnemente concebida a su idea que pierden la noción de los imprevistos y creen que la estrategia ganadora es invencible. Lamentablemente no existe tal cosa.

Todo el tiempo estamos recibiendo mensajes que demuestran que no hay absolutamente nada que podamos controlar desde que la globalización se apoderó de las comunicaciones. Está más al alcance, y por ende se generan más movimientos. Al haber flujo tenemos que prever el reflujo, que como si lo anterior fuera poco tampoco viene proporcional ni necesariamente en el sentido exactamente contrario. Toda una nueva oleada de oportunidades, pero también una gran incertidumbre.

Es por eso que el plan B no es un signo de debilidad. Dejó de ser el salvavidas de los perdedores para pasar a ser la garantía del astuto. Naturalmente debe ser un plan B, y no mezclarse en importancia con el proyecto original. No podemos dedicarle más tiempo a la alternativa secundaria que a la primaria porque estamos no solo presuponiendo un fracaso si no incluso aportando a que suceda.